DESDE LA FUENTE   Leave a comment

Para encontrar la vía, se necesita primero encontrar al maestro; lo que no implica forzosamente un encuentro físico con él; expresado de otra manera: el espíritu de la vía es el espíritu del maestro.  El encuentro con la vía ocurre de muchas maneras, a veces es evidente y con señales tangibles como en los casos de ensueños que anuncian la comunión con el guía o algunos de sus discípulos, en otras ocasiones de manera más banal, haciendo eco a una experiencia íntima inscrita en el pasado y significando que no hemos llegado hasta aquí por casualidad.  Un maestro dijo: “las personas creen en general que son ellas las que encuentran nuestra vía, cuando en realidad es la vía, la que encuentra a las personas.”  Esto, el discípulo lo experimenta directamente al comprobar que la llamada existía en estado latente en su ser más profundo y que responde a ella en el momento adecuado.

Seguir el camino, es experimentar y gustar de su propio ser.  Es entonces cuando un espacio nuevo se abre y permite descubrir al guía.  Un sufí decía: “Es más fácil conocer a Dios que al maestro”.  Dios puede ser reconocido por sus cualidades de perfección , mientras que el maestro hace figura de velo ¿acaso no es (o fue) un humano de carne y huesos, que bebe, come y duerme?, ¿cómo conocer su realidad interna?  Es ciertamente más fácil _por lo menos hasta cierto punto- imaginar las cualidades divinas y sus beneficios.  En cuanto ocurre el encuentro con el maestro y con la vía en todas sus facetas, vamos de descubrimiento en descubrimiento.  Una de las funciones más importantes del maestro – y puede que sea la más importante- es hacernos descubrir nuestro propio guía interior.  Es decir, ayudarnos a acceder a esa dimensión interior que no es otra que el maestro en uno mismo.  El que lleva sobre la vía del bien, evita que se tome por otra cosa que no sea su papel de servidor o como representante de lo divino.  Por lo tanto el verdadero cometido de un guía, consiste en no dejarnos llevar por un especie de fervor, sino más bien operar en nosotros una apertura interior que permita el desarrollo de un amor libre de contaminación hacia él.

Un maestro es un maestro.  Es tal como es; no juega a parecer algún personaje; adapta su comportamiento en función de las necesidades propias de cada situación; en algunas puede que hable, en otra se mantendrá en silencio, aún cuando todos lo que le rodeen quieran que hable… De hecho, la comunicación esencial se produce en el nivel que llamamos “de corazón a corazón”, jamás su intención es satisfacer a la imagen que los demás esperan de él.  Gracias a una alquimia interna, la relación maestro/discípulo se va modificando y evolucionando de tal forma que se nos permite progresivamente conocer su interioridad y su realidad espiritual.

Entonces, poco a poco algo empieza a transformarse en nosotros; es el momento que contiene la posibilidad para que nos lleve a otro conocimiento, alejándonos de su aspecto externo y mostrándonos la realidad del corazón.  No tenemos que olvidar, que el corazón del hombre es el trono de Dios, precisamente hacia esa interioridad es a la que nos convida nuestro maestro.  No hacia él como personaje, nos atrae, es hacia su esencia.  Y así como se ha mencionado, esta relación corazón a corazón permite el amor inconmesurable para el maestro, aún cuando el discípulo no haya tenido un encuentro físico con él.  Es por la siceridad, orientación y polarización del discípulo que el maestro puede abrirse y hacer que el secreto espiritual que el contiene sea accesible a cada discípulo.  Y todo esto ocurre más allá de las apariencias.

Sin embargo, la apariencia puede ser utilizada como llave de acceso.  El maestro, polo de atracción y simbolo “vivo”, permite una relación de intercambio, de comunicación de energía espiritual o de una fuerza de atracción.  Pero en cuanto el discípulo a hollado una parte del camino, la relación se transforma de una manera completamente diferente de lo que al principio hemos evocado y de lo que inicialmente se percibía; el soporte físico como instrumento de orientación, no era más que una etapa hacia el secreto del guía.  Así, las primeras etapas del recorrido consisten en posicionarse en un área magnética.

¿Puede compararse esa fuerza de atracción con lo que se siente en una relación amorosa? sin dudas, es una relación del mismo orden, pero de otra naturaleza.  En una vía espiritual viva y autentica, nos encontramos con personajes de horizontes sociales, culturales, lingüisticos muy diferentes; perfiles psicológicos completamente distintos, incluso opuestos, que solo la vida puede reunir.  Esas personas, entre ellas no tienen ninguna afinidad aparente sino orientarse hacia el mismo maestro para la realización única de Dios, y si esa afinidad no existiese en las almas, aunque sea de manera subconsciente, ciertamente no hubiese tenido ninguna razón para encontrarse.  Pero justamente tienen en común un elemento esencial que permite esa afinidad.

Unas palabras del profeta -que la paz y las bendiciones de Dios sean sobre él- aluden a este tema “Las almas que se conocieron en la pre-eternidad, se reencontrarán en este mundo.  Y las que se alejaron en la pre-eternidad, se alejarán”.  Esto significa que existe una afinidad en las almas que es “anterior” a su encuentro en este mundo.  Esta afinidad entre almas es la misma que se manifiesta entre ellas y el alma perfecta del guía espiritual.  Si la relación con esta alma perfecta, o dicho de otro modo, la puesta en orbita alrededor de ella es posible, no es debido a un efecto del azar.  Las afiniades a las que nos referimos, trascienden todos los aspectos contingentes.  Si la cuestión de distancia física, cultural, social puede, al principio representar un obstáculo, a medida que recorremos el camino en la vía del corazón, se experimenta entre las almas una extraordinaria comunión.  Y se hace patente, la importancia del guía, como centro alquíico que posibilita el acercamiento entre ellas.

Con frecuencia, se puede observar a hermanas y hermanos de la vía que no tienen la oportunidad de acercarse físicamente al maestro, expresar hacia él similares propósitos que los que permanecen junto a él.  Todos manifiestan modalidades de comprensión, percepción interior y expresión espontánea frente al maestro, donde se evidencia que beben de la misma fuente.  El maestro es esa fuente viva que se renueva constantemente.

Por supuesto, hay discípulos que tienen responsabilidades, algunos son más antíguos que otros; sin embargo en la esencia de la relación maestro-discípulo, sea cual sea su antigüedad, su responsabilidad o su posición, todos y cada uno tienen la posibilidad de esa apertura interior hacia el conocimiento: UNA RELACIÓN INTIMA DE CORAZON A CORAZON ENTRE EL MAESTRO Y EL DISCIPULO.

   

Publicado septiembre 25, 2007 por danny en Sofía en gotas

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